Hace diez años el día empezó más gris que este.
Hoy 2 de noviembre 2008.
Aquel fue un 2 de noviembre 1998.
Mi mamá decía que en la radio estaban aconsejando no ir a trabajar.
"Hay un huracán", me dijo.
Pero las ganas de ir a la redacción temprano me aceleraron el paso.
Y fue así como inicie esta aventura, este trabajo, esta vocación.
Nunca me imagine que diez años después iba a estar escribiendo sobre una elección histórica en la que todos dicen que un afro americano llegara a ser el primer presidente de EE.UU
Es que había tanto que aprender, tanto que yo no sabía que iba a vivir.
Aprendí que la vida se nos presenta a cada uno de forma distinta y que cada día es una lección de aprendizaje.
Recorrí Guatemala, todos sus departamentos y aprendí que tiene más de 13 millones de visiones y problemas,
que es única, basta y exagerada.
Teniendo en cuenta que el 10 por ciento de nuestra Guatemala esta en EEUU y que en ese país también hacen a Guatemala.
Que no habrá suficientes horas en la vida para describirla, ni formas de conocerla completa.
Especialmente en muchos estados, donde los guatemaltecos están en silencio, por el miedo, por el pánico de ser devueltos a una realidad que los expuso, que no les dio oportunidad.
Una Guatemala cercana y otra lejos, pero siempre dura, siempre nuestra.
Y entre más la conocemos, menos podemos dejar de trabajar por ella. Menos podemos dejar de hacernos los locos.
Aunque a veces nos creamos "ser de esos locos", que cargamos culpas y buscamos siempre como resolver esos grandes dilemas, esas grandes injusticias.
Me sentí responsable de lo que se ha hecho tan mal y sobre todo, de lo que no se ha podido cumplir.
Aprendí que da lo mismo dormir en una cama de Q30 en Todos Santos Cuchumatán, que un hotel de lujo en Guadalajara después de una cumbre presidencial, cuando estamos tan cansados después de una jornada de trabajo.
Que un tortrix y una "agua" puede ser un banquete en medio de la nada.
Que los mejores aliados no son aquellos que hacen énfasis a su cargo, al título, sino aquellos que nos abren su corazón y de paso nos pasan una buena exclusiva.
En Florida entreviste a una guatemalteca en inglés porque era el único idioma común que teníamos. Yo no hablaba Mam y ella no hablaba español.
Aprendí a escuchar a mi corazón y hasta le hable a Dios para que no se cayera un avión, llegar a tiempo a un evento, o me dieran una entrevista.
Me senté a llorar más de una vez.
Llore de rabia por no creer lo que estaba viendo.
Me quede sin escribir una sola letra cuando el olor a sangre invadió un centro de menores y vi pedazos de personas asesinadas.
Llore de impotencia cuando la mentira disfrazada de cualquier cosa quería cambiar la nota.
Grite, alegue e insulté cuando me sentí traicionada, cuando no me gusto lo que dijeron, cuando trataron de manipularme.
Llore también cuando "no hice lo que tenía que hacer cuando todo el mundo lo hacía" y me costo tanto que me comprendieran.
Llore cuando no estuve cuando tenía que estar, no pude compartir por el cierre, por la nota o por el horario.
Y llore de contenta, de emoción, cuando una pequeña sonrisa me devolvía la esperanza, las ganas de seguir.
Entre a la oficina del director, en más de una ocasión, con carta de renuncia en mano y todas las ganas de salir corriendo.
Me fui seis meses hace cinco años de Prensa Libre con aquella frase "Te vas arrepentir y vas a volver".
Si, volví meses después pero no me arrepentí.
Esos seis meses en la Antigua me ayudaron a ver todo a la distancia, con otros ojos.
Claro que cambie, aprendí a tomar más aire antes de llorar y a saber que a pesar de todos los pesares, amaba mi vocación y por eso volví.
Hubiera sido más fácil que todos los que estaban a mi alrededor también cambiaran, pero no lo hicieron, al final entendí la lección.
La que tenía que cambiar era yo. No había para más. De eso se trataba la lección, que entendiera que yo era la que tenía que madurar.
Entonces volví de nuevo, pero sabiendo lo que se siente no poder escribir, no poder contar, no poder entrevistar.
La aventura, este trabajo, esta vocación entonces se volvieron a repetir.
Desde entonces no he parado.
Me atreví a irme a vivir al Callejón Manchén, a caminar en la zona 1.
A gozarme el Centro Histórico con su mercado, mi café León y mi cuarto-apartamento.
Me encantaría nombrar a todas las personas a las que les debo estas emociones pero sería injusto no mencionar a alguien.
Quisiera contarles más cosas, pero sé que sería repetir las historias porque todos las han vivido junto a mí.
Por eso hoy sólo quiero darles las gracias, infinitas gracias por estos 10 años.
Por estas historias compartidas y por las ganas que tengo de seguir escribiendo más historias.
Sin ustedes, cada uno de ustedes, hoy no podría dar tantas gracias.
Luisa Fernanda Rodríguez Quiroa
Silver Spring, Maryland
2 de noviembre 2008.
No puedo pasar por alto, que hace dos días el alma se me congelo. La noticia de perder a grandes amigos en un accidente aéreo me dejo sin aire y me quito la paz. Desde pequeña mi papá y mi mamá nos enseñaron que la casa era de puertas abiertas. Puertas abiertas para compartir todo lo que había en ella y en especial lo que somos. Fue así como las personas del "pueblo" (Pido, Espinama, Potes, Santander y otros allegados como Asturias) fueron y serán siempre nuestra familia. Algunos de sangre, otros no, pero al final, todos como familia. Me dolió mucho estar lejos y no poder acompañar a todos en estos momentos tan duros. Pero una vez más me siento a recordar sus caras alegres, la forma especial con la que José Luis me llamaban "Isi", de mis días en el Cielito con el Che, la Pili, Juan Ramón y María Rosa. Las discusiones que teníamos con Jilo ,la amistad conBrenda y y ese cariño entero, especial, cargado de tantas pero tantas anécdotas,
fiestas y celebraciones juntos. "Hasta pronto" , quiero gritar con la certeza de que nos vamos a volver a encontrar todos de nuevo, algún día, como crecí viéndolos, con la certeza de tener siempre el mismo cariño.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
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