Ella no se percató que él –el extraño, detrás de la ventana- la estaba viendo desde el otro lado del vidrio.
Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando fue alguien más a quien ella abrazo y le tocó el vientre.
Supo hasta ese día, que estaba embarazada.
“Cuánto tiempo había pasado”, se agarró la frente para que todo lo que estaba pensando no le volará la cabeza en mil pedazos.
El dolor, como pequeños rayitos le fue abrazando cada una de las partes de su cuerpo.
No quería creerlo. No había porqué creerlo.
“No puede ser” “No puede ser”, repetía como un eco su cabeza.
Entonces volvió a la última vez que estuvo entre sus brazos.
Ella había sido tan franca, y aunque las manos le temblaban, le había dicho cuánto significaba para él.
Había estado con él, lo había querido.
“Nunca he querido a nadie como a ti”, esa fue la frase que ella le dijo.
“No podía ser” “No podía creerlo”
La vida, que en aquella tarde le pareció una eternidad,
se detuvo para aquel extraño, detrás de la ventana.
No podía gritar, sólo temblaba.
La pareja del otro lado del vidrio se abrazaba, se miraba.
Entonces él pensó que se había equivocado. No era ella.
Sí, eso era.
Como podía ser tan ingenuo, tan imbécil.
Ella no era ella –la que él creía que era-.
Eso no estaba sucediendo.
“Cómo pude confundirla, como si no la conociera tan bien”, se decía para creer que era otra persona, que se había confundido.
Volvió a ver, se pego al vidrio y su aliento le dificultaba ver con claridad.
Pero la escena era exactamente igual que hacía cinco segundos, nada había cambiado en el lugar.
Allí estaban, él le secaba las lágrimas a ella, que sin dejar de abrazarlo le sonreía, se le miraba feliz.
Tomó distancia, camino tres pasos.
Pensó que no era cierto, que estaba soñando.
Pero no era un engaño, creyó que si por la ilusión o el buen sabor de los recuerdos.
Lo que más le dolía, no era ella. Miro detrás del espejo.
El no estaba allí, no era él a quien ella abrazaba entre lágrimas.
-Era un extraño, detrás de una ventana-
“Ojalá me lo hubieran contado”.
“Ojalá no hubiera sido yo el que lo ví”.
Pero era él, nadie más en el lugar.
“Cómo era posible que una escena, tan sólo una escena. Nos desgarre, nos destroce y después como si la vida pudiera seguir, nos atrevamos a caminar”, pensó.
Nadie lo podía escuchar, ella estaba del otro lado del vidrio.
Seguía abrazada a él.
Nunca lo escuchó. Jamás va a saber hay un hombre detrás de la ventana –un extraño- conteniendo las lágrimas y agarrando valor para seguir, sin ella.
Guatemala 3 de febrero del 2007.
Para esos extraños detrás de las ventanas -mujeres o hombres -que han estado conteniendo las lágrimas y tal vez, sin mucho aliento, han tenido que aprender que la vida sigue, que todo, aunque duela, pasa. Despacio, pero pasa.
Para el extraño detrás de la ventana que me pidió que escribiera está historia y la compartiera, para no sentirse que es el único hombre que ha sufrido por una mujer.
miércoles, 26 de marzo de 2008
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