Iba yo manejando un sábado por la noche a mi apartamento y en el carro iban Mariana y Sofía. Ambas estaban asustadas porque casi no se miraba, al igual que yo se sentían intimidadas por la lluvia. Mariana entonces me dijo: "Como me gustaría ser Dios para poder controlar la lluvia".
Su expresión, muy normal para una niña de apenas 5 años, me hizo reflexionar mucho porque hace tiempo que la posibilidad de que Dios controle todo me provoca tantos cuestionamientos.
La posibilidad de su supremacía y capacidad para controlar mi mundo, me ha dejado más de una vez en vela.
Y estas semanas no han sido la excepción.
Trato de reconstruir todo lo que ha pasado, trato de encontrar todas las respuestas a tantas preguntas, incluyendo la misma existencia de Dios.
Quiero imaginarme ese cielo, ese paraíso, quiero creer que voy a llegar algún día al más allá.
Trato de que la hoja en blanco que casi siempre es insuficiente para mis catarsis me permita escribir para responder todas esas preguntas.
Pero todo ha sido en vano. No tengo palabras.
Siempre al escribir, de una u otra forma, podía encontrar el camino de vuelta, la esperanza, las respuestas, la ilusión, las ganas de seguir. Cuando pasaron los días y no pude escribir nada me preocupe.
Ahora es distinto. No sólo me gustaría ser Dios, como sugirió Mariana.
Me hubiera gustado controlar la vida, detener la gravedad de una enfermedad, evitar la muerte.
Detener el tiempo y tener todas las palabras del mundo, especialmente aquellas que hicieron falta, las que nunca pude decir.
Esas que se me quedaron en la garganta y las lágrimas las callaron.
Esas que ahora no tengo, no puedo tenerlas cuando de pronto el cielo se me torno gris y una de las personas que más quiero en el mundo sufre como esta sufriendo.
No puedo consolarlo, no hay palabra que valga.
No hay palabra que disminuya la pena y le devuelva lo único que el quiere en este momento.
No hay palabra capaz de describir el dolor. Ese dolor oscuro, como un golpe seco en el fondo del alma, que no puede describirse. Que sólo aquellos que hemos perdido a un ser querido podemos compartir.
Ese llanto que se ahoga, como si al llorar se pudiera cambiar algo.
Esas ganas de más, esa ilusión de creer que todo fue una pesadilla, una horrible pesadilla, de esas que a veces nos suelen espantar. Que nos despiertan a media noche y nos quitan el sueño.
Pero los días pasan, y las cosas lejos de aclararse, se tornan más duras, más complicadas.
La lista de preguntas se incrementa y la certeza de que ese cielo exista quisiéramos que fuera más certero, que se diera muy pronto. Nos queremos despedir de la vida porque creemos que no vale la pena seguir.
Y ante este dolor vino a mi mente esa niña que un día fui, que a los ocho años sintió ese mismo dolor cuando la persona, que en aquel momento ella más quería se le fue para siempre.
A pesar de que estuvo en mi vida esos únicos ocho años, hoy con casi 31 sigo soñando que algún día volvamos a caminar juntos, con agarrarle su mano manchada, que me invite a unos helados de la tiende de la esquina, que me cocine una sopa de ajo, con darle un beso, con prenderme a su cuello y sentir su olor, sus besos, y volver a ver esos ojos grises, que me hicieron sentir la niña más querida del mundo.
Aunque sea una vez, una última vez.
Nunca entendí porque me dejo cuando a penas empezaba a vivir. Nunca entendí porque mi vida se divide en “antes del abuelo y después de la muerte del abuelo”.
Nunca lo olvide y a pesar de que crecí, ese dolor que sentí me marco para siempre.
Por eso hoy sé que no puedo tener las palabras.
Hoy se que no hay excusa que valga, ni consuelo que nos calme.
Sólo el tiempo nos ayuda a seguir, pero es mentira que los buenos recuerdos nos dejan.
Por eso hoy pienso que cuando alguien nos deja para siempre una parte de nosotros se va con ellos, se nos desprende, se la llevan con ellos sin que nos demos cuenta.
Todo se vuelve gris y sentimos rabia bajo esa lluvia que nos intimida porque nunca la podemos controlar, como la vida, como la muerte, como el amor. Nos deja sin palabras, muertos por dentro aunque muy vivos para darnos cuenta que no pudimos acompañarlos en ese viaje tan desconocido. Que nos quedamos temblando de frío llorando por un último abrazo, por no tener las palabras para despedirlos.
Luisa Fernanda Rodríguez Quiroa
Guatemala 4 de octubre
Para doña Elsa, porque su despedida estuvo llena de tantas palabras para reconocer a una gran mamá, abuela, tía, compañera, hermana y amiga. Una vida ejemplar que es digna de imitar, de aplaudir y de repetir.
Para Antonio, porque por primera vez no tengo las palabras. Esas que tanto hemos podido compartir y que nos han acompañado en tantos momentos, durante estos últimos nueve años que hemos compartido.
Para aquellos que saben el dolor que provoca ese último adiós y a pesar de que uno se queda sin palabras; buscaron palabras de aliento. Por su amistad muchas gracias, por sus muestras de cariño y sobre todo porque sin palabras supieron acompañarnos.
Y para aquellos que no dijeron nada, porque comprendemos que en estos momentos uno se puede quedar sin palabras.