Mañanas frías de enero...
La silla en el cuarto.
Con una falta a cuadros bien planchada.
Una camisa blanca. Zapatos lustrados, cafés.
Las calcetas, como olivar esas calcetas blancas (horribles).
Los famosos shorts para no enseñar el calzón.
Todo eso listo para que al levantarnos, a esas horas de la madrugada, estuviera listo.
No tuviéramos que correr. (Siempre corríamos igual).
Sin tiempo para desayunar.
La lonchera!!!!!!!!! (A quién se le podía olvidar, la dejamos más de una vez)
Recordemos: mango con limón y sal. Unas chiquis. Limonada, esos panes, todo tan rico.
Las de la parada.
Corriendo, casi dormidas. Creciendo juntas, viendo a nuestros papás en sus inolvidables "prendas de buena mañana".
Aquellos pilotos que más de alguna vez nos esperaron o nos dejaron.
Y corre y va de nuevo....el uniforme de gimnasia, aquel borrador que olía a chicle.
Ese bolsón que podía ser la casa completa al hombro.
La insoportable, siempre perdida, libreta de deberes.
Como cada año nos tocaba estar en la sección A, B, o la C.
Ver el número de clave, el locker, el escritorio. Todo con olor a nuevo.
Estrenamos el uniforme, la lonchera, el estuche, los cuadernos (y esa manía de forrarlos tan dedicadas)
Y aunque cada año y cada generación compartía algunas cosas similares, algunas cosas eran únicas.
Esas mañanas frías de enero, cada una experimento algo distinto.
"Alli estaban ellas, las de mi promoción".
(Aunque nunca lo pensamos así, siempre sabíamos con quién nos tocaba estar).
Entonces recuerdo que esa sensación era única.
Sin darnos cuenta, crecimos juntas.
Compartimos tanto, que era imposible no reconocernos.
No saber quién es la otra, aunque ahora nos separen tantos años de aquella época.
El tiempo no vuelve y estoy segura que más de una vez nos han dado ganas de ver esa silla en el cuarto con el uniforme completo.
Ponernos a toda prisa la falda a cuadros para ir una vez más en una mañana de enero a ver a las mismas de toda la vida, incluyendo a las de la parada.
Con las mismas que crecimos entre clases, recreos, travesuras, canciones, maestras, marchas, disfraces, castigos y tantas cosas que vivimos.
Fueron 14 años los que nos unen, los que nos hacen querernos y extrañarnos tanto.
Las que nos hacen sentir eso que sólo se siente por las amigas del colegio, las de toda la vida.
Luisa Fernanda Rodríguez Quiroa
Magisterio Primaria 1995 y de corazón con la promoción de Bachilleres 1994.
Quiero agradecer al Colegio Monte María por haberme regalado esos 14 años de alumna, por las amigas de toda la vida,3 años de maestra de primaria y los últimos 14 años de tía Monte María con cinco sobrinas creciendo allí.
Por haber sembrado en mí los ideales de una Guatemala más justa, solidaria y con principios. Me encanta cuando alguien me pregunta de que colegio me gradué y puedo decir con orgullo "Si, me gradué del Monte María". Pero lo que más me gusta es cuando me dicen "Se le nota", eso me hace más feliz todavía. Gracias a tantas mujeres valientes, ex alumnas que han abierto camino, que me enseñan por donde tengo que seguir y especialmente aquellas que siguen puliendo a las nuevas generaciones en el colegio. Y por todas las promociones que faltan.....
viernes, 7 de noviembre de 2008
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